sábado, 19 de octubre de 2019

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Reconocimiento a la artesana octogenaria natural de Valsequillo, Cleofé Ramírez Nuez

Las caladoras Cleofé Ramírez (izqda.), María Sánchez y la alcaldesa de Ingenio Ana Hernández, en el centro.

 

La respetada artesana natural de Valsequillo de 83 años, que lleva 60 residiendo en Carrizal y desde los doce trabajando, reconocida por su labor en el XXIV Festival Internacional de Folclore de Ingenio

 

 

Cleofé Ramírez Nuez es una de las veteranas caladoras que aún prosiguen manteniendo en Ingenio la tradición de unas de las manifestaciones artesanas más características de la zona del sureste grancanario. Una de las exposiciones programadas en la edición XXIV del Festival Internacional de Folclore de Ingenio, dedica a esta mujer nacida en Valsequillo hace 83 años, un apartado con la finalidad de poner en valor tanto su dedicación como la de María Sánchez, otra de las ilustres caladoras ingenienses.

 

Cleofé adelanta que cala desde de los doce años de edad de manera autodidacta. Su hermana Ángela la introdujo después de recibir clases de doña Eduvigis en su taller de la calle San Bernardo. Más de setenta años dedicada a una laboriosa técnica con la confecciona de casi todos: desde abanicos a corbatas, pasando por delicados manteles de hilo, zarcillos o collares que combina con el empleo de otros materiales como la seda. Sus manos han elaborado singulares encargos: hace años confeccionó para la que fuera presidente de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, una pashmina y un bolso por encargo de un concejal del Partido Popular de Ingenio, al igual que una mantelería de cuatro metros para la Capitanía General de Canarias por la que cobró trescientas mil de las antiguas pesetas.

 

Cleofé Ramírez reside desde hace 60 años en la zona del Carrizal a donde llegó después de contraer matrimonio. A los 36 quedó viuda y con seis hijos, a los que “tuve que sacar para adelante calando”, señala orgullosa. “Mucho comieron mis hijos gracias al calado. En aquellos años realicé muchos encargos para el taller de Ingenio de Anita Hernández. Gracias a la pensión que recibo, porque hoy apenas da para vivir y comer”.

 

Todavía recuerda los altos precios que para la época la gente estaba dispuesta a pagar por un buen trabajo de calado: “llegué a vender novecientas mil pesetas en una edición de la antigua Feria del Atlántico y a cobrar doscientas mil por un tapete realizado para la Iglesia de Agüimes” Sus calados los vendía antaño en dos pequeñas tiendas de artesanía que se mantenían abiertas en la calle San José y la calle Cano de la capital grancanaria y en la más popular entre el turismo extranjero y peninsular, la situada en el Pueblo Canario. “Hoy nadie quiere pagar lo que en realidad vale un buen calado. La gente no sabe distinguir lo que es un buen trabajo en hebra hecho a mano de otro industrial proveniente del mercado asiático”.

 

La octogenaria caladora, que ha impartido cursos organizados tanto por el Gobierno de Canarias como por la Comunidad Económica Europea, sigue aun ofreciendo su magisterio porque “quiero que los jóvenes aprendan, sea como sea. Ellos me dicen que el calado da mucho trabajo y que es muy laborioso, y yo les digo que para calar te tiene que gustar porque, efectivamente, hay que tener mucha paciencia, voluntad y vocación, y los chicos y chicas de hoy me da la impresión que no saben muy bien lo que significan esas palabras”, dice. “El Gobierno regional debe implicarse más con la difusión y recuperación de los oficios artesanos. Es una pena que la tradición se pierda porque la juventud no quiere aprender su técnica”, se lamenta.

 

Aprendió a los once años a sacar hebras. “Curiosamente en mi rama familiar de Valsequillo nadie calaba. Sí bordaban, pero a mí el bordado no me decía nada”, prosigue Cleofé. Otras cuatro hermanas han heredado la misma pasión. “Cuando bajaba a la capital a pasear por la calle comercial de Triana me quedaba asombrada mirando los tejidos de una de las tiendas de artesanía que la vendían y me decía… yo tengo que aprender cómo se confeccionan estas preciosas telas de hilo de algodón”.

 

“Ahora calo todo el tiempo que puedo porque ya no calo como antes. A mí no se veían antes las manos calando”, presume Cleofé. “A las diez me pongo la misa en la radio y me pongo a calar. Me olvido del mundo”, concluye.

 

Las caladoras María Sánchez y Cleofé Ramírez.

 

 

 

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